Cuatro años sufriendo a través de la piel. Comenzaban como pequeñas ronchitas, el área se volvía de tonalidades rojas, un escozor que aumentaba exponencialmente, al igual que el tamaño de las ronchas mismas. Impulsivamente tendía a rascarme, expandir las ronchas a otras zonas, ahora eran ronchas en todas partes: antebrazos, cuello, piernas, parte posterior de las rodillas, pecho, etc.

Al comenzar la enfermedad, me enfurecía y rascaba las ronchas, las pellizcaba, me frotaba con una toalla para sentir el placer de calmar el escozor por unos segundos, luego ardía, ardía muchísimo. Luego del pico máximo, iba progresivamente calmando la picazón. Al otro día, la piel descamada por las fisuras que yo misma había provocado, se resecaba completamente, al pasar la mano por la zona se lograba ver caer “caspa” o piel muerta.

Para poder sobrellevar la enfermedad, me fui adaptando a ella. Cuando aparecían las ronchas, me agarraba las manos para no tocar la zona, trataba de distraerme pensando en otra cosa, también descubrí que darme baños de agua tibia calmaba la picazón. Leí y me informé de todos los medios posibles para poder librarme de esta sensación tan horrible que me atormentaba todo el tiempo. Ya no lograba disfrutar relacionarme con las personas tranquilamente, comer tranquila, irme a dormir tranquila, despertarme tranquila, trabajar tranquila; no estamos hablando de felicidad, hablamos de tranquilidad, paz con el cuerpo.

Durante tres meses registré qué comía cada día, cómo me sentía emocionalmente todo el tiempo y cuándo y en dónde aparecían las ronchas. El resultado no fue nada favorecedor: el aparecimiento de las ronchas era completamente discontinuo en el tiempo y no había relación alguna con ningún factor antes mencionado. A veces aparecían en la mañana, otras en la tarde y en la noche. A veces aparecían luego de comer frutos secos, frutillas, ananá, a veces no. A veces acariciaba a mis mascotas y aparecían, a veces no. Otras veces estaba en contacto con polvo y aparecían, otras veces solo estornudos al estar en contacto con polvo. Lo seguro era que aparecían en algún momento, todos los días, durante cuatro años. Habían días que las ronchas siempre estaban ahí, algunas de ellas nunca dejaban de estar inflamadas aunque no picaran. Otras veces aparecían y se iban a los treinta minutos. Fue imposible generar una hipótesis lógica relacionada a la ingestión de alimentos, a cambios de temperatura, a cambios emocionales o psicológicos.

Durante otros tres meses estuve sumergida en un tratamiento intensivo de fármacos que recomendó un dermatólogo de grado 5. Tres pastillas antihistamínicas e inmunodepresoras diarias sumadas a cremas con corticoides. El primer mes funcionó, luego las ronchas aparecían como lo hacían normalmente. Invertí dinero en una clínica dermatológica especialista, hice otro tratamiento con medicamentos ansiolíticos de receta verde. Tampoco dio resultado. Luego, para poder sobrellevar la vida diaria, tomaba antihistamínicos de farmacia casi todas las semanas. Esto repercutió en mi estado físico total, causando problemas digestivos, estado constante de somnolencia y baja autoestima.  Todos los médicos decían que es una enfermedad autoinmune, que nunca iba a desaparecer, restringiendo mi calidad de vida, disminuyendo mi fé.

En ataques de desesperación diarios, venían a mis pensamientos terribles. No quiero vivir así, no puedo vivir así. Ya no disfruto la vida. ¿Por qué me pasa esto a mí? Lo más grave era contarle a mis allegados y que me dijeran “es alergia, tampoco es tan grave, eso no es una enfermedad” ¿A caso ellos sabían de lo que hablaban? Era un mounstro que vivía permanentemente dentro de mí, no podía estar en paz ni un segundo, y cuando lograba estarlo, me sorprendía y tampoco lo disfrutaba porque sabía que iba a volver.

En búsqueda de desprender ese mounstro de mí, busqué métodos alternativos: Homeopatía, aromaterapia, biodescodificación, gasté dinerales en libros. Me sumergí espiritualmente leyendo el libro de Echar Tolle “El poder del ahora”, relacionando al mounstro con un problema psicológico o emocional, tal vez era la ansiedad, el estrés, la tristeza, tal vez me faltaba vivir el momento.

No funcionó. Nada funcionó. Rezaba en la noche deseando que se fuera, al otro día mágicamente despertar con otra piel, ser otra piel, ser otra persona, o no ser más.

Hace 4 años empecé una relación amorosa la cual terminó hace 6 meses. Hace 3 meses el mounstro se fue.

Ahora dirás… el problema era emocional. Ella estaba con alguien que no quería estar realmente, y cuando se desprendió, su piel respiró. Pero el problema era mucho más profundo, va más allá del rompimiento de pareja, hoy puedo entender al mounstro que estuvo en mí, por qué estaba allí, qué quería decirme con cada ataque de ronchas, por qué no se iba con medicamentos o tratamientos alternativos. Fue mágico.

Desde ese momento descubrí que el cuerpo se expresa en enfermedad cuando necesita adaptarse a un cambio, es la forma que tiene el cuerpo para protegerse, adaptarse, la resiliencia, para poder seguir viviendo, cada enfermedad es un reflejo de tu cuerpo queriendo sobrevivir. Si ese cambio es muy brusco, el cuerpo no puede adaptarse ni expresarse en una enfermedad más lenta, entonces llega la muerte. La naturaleza se expresa de la misma manera. El calentamiento global es un claro efecto de adaptación de la naturaleza a los efectos de destrucción humana. Es lento y progresivo. En cambio, si cayera un meteorito sería un cambio brusco para un sector territorial, el cual no tiene forma de adaptarse lentamente para soportar los cambios que el mismo provoca. De igual forma, luego del cambio brusco, la tierra hará que resurja la vida en ese espacio que sufrió daño. Lo mismo ocurre en nuestro cuerpo. A veces me pregunto, ¿Por qué un niño o niña tiene cáncer de pulmón, y no mi padre que fuma 60 cigarrillos por día desde hace 50 años?

Entendí entonces que mis ronchas fueron la expresión que tomó mi cuerpo a un estado mental y emocional que sufría. Es difícil de describir, pero se puede resumir al miedo. Yo no cambié mi dieta, yo no dejé de estar en contacto con ácaros y polvo, no dejé de hacer ejercicio y estar en contacto con sudor, tampoco dejé de exponerme al sol, ni todas las barbaridades que me hacían creer que tenía que hacer. La receta fue: tomar una decisión y un cambio de actitud en la vida. Estuve al lado de una persona durante cuatro años de la cual yo no estaba enamorada, me sentía absorbida por él, los celos, las discusiones, yo no podía ser al lado de él. Me considero una persona sociable, positiva, graciosa, feliz. Había dejado de ser esa persona. Ya no era feliz realmente, creía que era feliz pero no lograba ver la realidad, miraba el árbol y no el bosque entero. Vivía con un miedo constante a estar sola, a la muerte de mis seres queridos, a hacer enojar a mi pareja, a perder amistades por no ser lo que ellos esperan de mí. Completa inseguridad y miedo, desvalorización propia e inconscientemente infeliz.

Dejé a mi pareja, cambié de trabajo, comencé a afrontarme sola a la vida nuevamente. Nuevas personas entraron, conocí muchos hombres interesantes, me siento atractiva y sexy, me siento segura, cada vez que salgo de mi casa siento que me voy a comer el mundo, y me río, y bailo, y canto. Disfruto con mis amistades, disfruto con mi familia, disfruto de mi trabajo y del estudio. Me reencontré con la vida. Me reencontré con el “goce”. Había olvidado quién era. Mi piel hoy es suave, mi piel se expresa perfectamente al igual que yo con el mundo. Estamos en sincronía. Mi piel era el reflejo de mi contacto con las personas. Mi piel era el reflejo de querer alejarme de las personas que me hacían mal. Un brote me permitía excusarme y decir “no puedo verte hoy, estoy con antialérgicos y tengo sueño”, un brote me permitía ir a encerrarme en el baño durante horas y quedarme a solas conmigo misma. ¿Qué era lo que no me permitía hacer el brote? Relacionarme con las personas con fluidez, paz, tranquilidad, felicidad, sin miedos e inseguridades. Al estar sola y sin pareja, pude re-encontrarme conmigo misma y aprender de estos mensajes que hoy estoy transmitiendo.

Todo resulta tan psicológico que asusta. Pero para generar ese cambio psicológico, debemos generar un cambio en lo físico primero. Lo mío fue alejarme de mi pareja y relacionarme con nuevas personas. ¿Qué cambio debes hacer tú?